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Dentro de la visión holista de la salud, es ineludible hablar del laurel, en su origen rituálico greco-romano.

El laurel es el árbol sagrado del Dios Apolo. Y por esto la historia de la mitología griega nos lleva a explicar por qué muchas personas emplean el laurel en sus sahumados.

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La adivinación: una de las technai que Prometeo robó a los dioses

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Hace miles de años, cuando se enfrentaban a una decisión difícil, los hombres y mujeres de Grecia se hacían preguntas muy parecidas a las nuestras. Lo desconocido siempre generó angustia, por eso las personas, buscando calmar esa angustia, miraron a los dioses para pedir respuestas. Y para comunicarse con ellos era preciso recurrir a intermediarios.

Los más comunes eran los mantei, o videntes profesionales, que ofrecían sus servicios en las ciudades. Sus presagios solían basarse en el vuelo de las aves o en las vísceras de animales sacrificados. Pero para los griegos la adivinación no era solo una cuestión religiosa. También una ciencia, una de las technai que Prometeo robó a los dioses, junto con el fuego, para regalarlas a la humanidad. Se la consideraba de las más importantes, por debajo tan solo de la medicina.

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Si el asunto era importante y uno podía permitírselo, consultaba a un oráculo, y el mejor estaba en Delfos
Y del mismo modo que unos cirujanos son más hábiles que otros, no todos los videntes gozaban del mismo prestigio. Si el asunto era importante y uno podía permitírselo, consultaba a un oráculo. Y el mejor de los oráculos estuvo durante más de mil años en Delfos, al pie del monte Parnaso. En sus primeros tiempos, este oráculo sólo se podía consultar en una fecha determinada del año, el día 7 del antiguo mes Bisio. Para más info, sugerimos leer Los mitos griegos, de Robert Graves.

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Muerte al dragón, y la historia del oráculo

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El santuario de Delfos es tan antiguo que sus orígenes se pierden en la bruma de la mitología. La leyenda dice que estuvo consagrado a Gea, diosa de la tierra, y a su hija Temis, hasta que llegó Apolo, engañado por la ninfa Telfusa. Esta le había asegurado que el lugar era ideal para fundar un oráculo, sin advertirle que allí vivía una serpiente monstruosa. Ese mismo lugar fue el punto de reunión de las dos águilas que Zeus ubicó, durante la creación, en puntos extremos de la tierra, ubicándolo como «el ombligo del mundo». Dos piedras ovaladas llamadas ónfalos (ombligo en griego), una en el interior del templo de Apolo y otra en el exterior, recordaban esta historia a los visitantes.

Volviendo a Apolo, él derrotó al dragón junto a la fuente Castalia y dejó que su cuerpo se convierta en polvo. En adelante se lo recordó como Pitón, que en griego significa “pudrirse”. Inmediatamente reclutó a sus primeros sacerdotes. Para ello adoptó la forma de un delfín, saltó a bordo de un barco procedente de Creta, lo guió hasta la costa y ofreció a los marineros un nuevo puesto a su servicio. Desde entonces la zona recibió el nombre de Delfos, delfín en griego.

A Apolo se le conocería también por el sobrenombre de Délfico. Es posible que la historia del barco y el delfín tenga cierto fundamento histórico, ya que la isla de Creta, según se cree, fue el lugar desde donde el culto de Apolo se extendió por toda Grecia. Pero no se sabe a ciencia cierta cuándo llegó a Delfos.

Según el historiador Pausanias, antes del primer templo de piedra, edificado en el siglo VI a. C, se habrían alzado otros tres dedicados al dios solar, construidos con laurel, cera de abeja y bronce, respectivamente.

En la Odisea, Agamenón solicita consejo en Delfos antes de embarcar rumbo a Troya, porque era el oráculo más popular del mundo helénico, y su fama llegaba a Egipto y a Asia Menor. Existían pactos entre polis enemigas para garantizar a los peregrinos un trayecto seguro hacia el allí. Reyes y políticos consultaban al dios en persona o mediante embajadores.

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La cuna de la cultura

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Más allá del mito, Delfos era realmente el corazón de la Grecia clásica, el lugar más influyente y mejor informado
Delfos se consideraba, por tanto, el centro del mundo conocido. Más allá del mito, Delfos era, en verdad, el corazón de la Grecia clásica, el lugar más influyente y mejor informado. Todos los días llegaban noticias frescas de regiones lejanas.

La afluencia era especialmente alta durante los juegos píticos, que inicialmente se celebraban en honor de Apolo una vez cada ocho años, pero acabaron atrayendo a tantos artistas y atletas que el plazo se redujo a cuatro.

Los sacerdotes gozaban de una posición privilegiada para asesorar a los gobernantes, cada vez más numerosos, que pedían la opinión del dios en asuntos de Estado. Sus consejos no eran fruto de una mera inspiración religiosa, sino que se basaban en un conocimiento profundo de la actualidad.

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Conócete a ti mismo

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¿En qué consistía una visita al oráculo? En esencia, el proceso siempre era el mismo. Cada peregrino debía purificarse, pagar una tarifa y ofrecer un sacrificio a Apolo. Si se le consideraba digno, un sacerdote le citaba y tomaba nota de su pregunta días antes del encuentro con la pitia, la verdadera protagonista del rito. El orden de consulta se establecía por sorteo, aunque determinados benefactores del templo tenían derecho a saltarse la cola.
Durante la espera se aconsejaba guardar una actitud reflexiva y respetuosa. Para ayudar a los viajeros en sus meditaciones, los muros estaban cubiertos de inscripciones atribuidas a los Siete Sabios de Grecia, desde la célebre “conócete a ti mismo” hasta recomendaciones tan prácticas como “no desees lo imposible” o “todo con moderación”.

Por su parte, la sacerdotisa bebía de las aguas de la fuente Castalia, quemaba hojas de laurel, el árbol sagrado de Apolo, se sentaba sobre un trípode, recibía a los caminantes y escuchaba su pregunta.

Según unas versiones, la pitia entraba en trance y murmuraba incoherencias que los sacerdotes varones se ocupaban de traducir. Otras veces, la sacerdotisa hablaba con calma y sensatez, y sus palabras expresaban la voluntad del dios y pocas veces se ponían por escrito. Por eso resulta difícil probar la autenticidad de los oráculos que nos han llegado.

La popularidad creciente del oráculo proporcionó grandes dividendos a la ciudad de Delfos La experiencia fue cambiando con los años. Inicialmente, solo se atendía al público el día siete de cada mes, desde la primavera hasta el otoño (al parecer, Apolo se tomaba unas largas vacaciones en invierno). A medida que creció la demanda y los peregrinos empezaron a colapsar el recinto, los augurios se hicieron cada vez más frecuentes. En la época de máximo auge, dos pitonisas atendían simultáneamente a los visitantes, mientras una tercera esperaba su turno.

Otros detalles también cambiaron con el tiempo. Las primeras predicciones se hacían en versos hexámetros; más tarde se adoptó la prosa, mucho más práctica. Al principio, la pitia, también llamada sibila, era una muchacha virgen, que hacía voto de castidad y se comprometía a pasar su vida en el templo. El sistema funcionó hasta que un viajero violó a una de las jóvenes. Desde entonces se adoptó la precaución de escoger a mujeres mayores, ya casadas, que sin embargo vestían como doncellas.

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La decadencia del Oráculo: la codicia y la envidia.

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La popularidad creciente del oráculo proporcionó grandes dividendos a la ciudad de Delfos. Se acumulaban las ofrendas. Las polis rivalizaban entre sí donando tesoros que se alineaban a lo largo de la vía sacra que conducía al templo. Hasta el siglo VI a. C., el santuario se rigió por la anfictionía délfica, una liga de doce polis que lo administraban conjuntamente, dejando a un lado sus diferencias.


Pero Delfos era una jugosa fuente de ingresos y un foco de influencia política. En resumen, una tentación. En 595 a. C. estalló la primera guerra sagrada. Los habitantes de la región de Crisa, donde estaba situada Delfos, trataron de hacerse con el control del oráculo, pero fueron sofocados.

Aparentemente, la cooperación entre naciones se restauró: medio siglo después un incendio destruyó el templo de Apolo, que se reconstruyó recaudando fondos internacionales. No obstante, la codicia no tardó en triunfar sobre la armonía. A mediados del siglo V a. C. Lacedemonia, Atenas, Delfos y Focia se embarcaron en la segunda guerra sagrada.

Poco después, un terremoto derribó el templo, que se reconstruyó en el siglo IV a. C. También se edificó un teatro y un segundo conjunto completo dedicado a Atenea, pero la nueva prosperidad no iba a ser duradera. Persas y gálatas trataron de saquear los templos. Y otras dos refriegas entre pueblos helénicos fueron reprimidas durante el reinado de Filipo de Macedonia. Delfos se resintió.

Con el cristianismo llegó el fin de los presagios délficos, que pasaron a considerarse una superstición pagana
Además de saqueos y toda clase de pérdidas materiales, sufrió un gran daño moral. Su prestigio había quedado comprometido para siempre. Al pasar por las manos interesadas de distintos estados, perdió inevitablemente su aura de neutralidad.

Los griegos dejaron de confiar ciegamente en sus presagios, al menos en materia política. Las consultas personales se mantuvieron, pero el oráculo entró en una lenta decadencia.

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Apolo enmudece

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La conquista romana no contribuyó a mejorar las cosas. Delfos quedó sometida al capricho de los emperadores: unos la saquearon, otros trataron de devolverle su esplendor.

Para casi todos, sin embargo, el oráculo representaba más una curiosidad del folclore griego que un verdadero centro de iluminación religiosa, a pesar de que Apolo también formaba parte del panteón romano.

Nerón se llevó unas 500 estatuas. Según la leyenda, el oráculo se vengó advirtiéndole que “se cuidara del número 73”. El emperador, confiado, creyó que viviría hasta los 73 años, sin percatarse de que 73 era la edad de Galba, que muy pronto sería su sucesor.

Caracalla retiró a la ciudad el privilegio de acuñar moneda. Juliano, el último césar que consultó a la pitia, obtuvo esta respuesta a sus esfuerzos por restaurar los ritos de adivinación: “Dile al emperador que mi sala se ha hundido hasta los cimientos. Febo [Apolo] ya no tiene techo sobre su cabeza. Las hojas de los laureles están silenciosas, los manantiales proféticos están muertos. El agua se ha secado”.

Con el cristianismo llegó el fin de los presagios délficos, que pasaron a considerarse una superstición pagana. El emperador Teodosio los abolió definitivamente a finales del siglo IV.

Sobre las ruinas del santuario creció una aldea llamada Castri. Los templos y tesoros cayeron en el olvido. El mármol se empleó para levantar basílicas cristianas, la ciudad amplió sus límites y acabó cubriendo por completo el antiguo recinto sagrado.


En el siglo XVII ningún lugareño recordaba ya el templo de Apolo. Los arqueólogos pioneros tuvieron serios problemas para ubicar el lugar exacto. La primera pista la dieron las propias piedras, que habían sido reaprovechadas para construir iglesias y casas. Sobre algunas de ellas podía leerse la inscripción “Delphi”.

A mediados del XIX, un arqueólogo alemán llamado Karl Müller logró identificar la muralla, pero no pudo ir más allá. La ciudad estaba habitada y no era posible excavar bajo las viviendas. El gobierno griego adoptó una solución drástica: expropiar la población entera.

Todos los habitantes de Castri fueron obligados a trasladarse a un nuevo municipio, llamado Delfi en honor de su antecesora. Los inconvenientes que semejante medida ocasionó a los ciudadanos no han pasado a la historia, pero gracias a ellos se desenterraron esculturas tan emblemáticas como la Esfinge de Naxos o el famoso Auriga de Delfos .

Aunque algunas piezas terminaron en el extranjero (sería el caso del Trípode de Paideia, cuyos pies, en forma de serpiente, adornan el hipódromo de Estambul), la mayoría se salvó del expolio. El de Delfos se convirtió en uno de los museos arqueológicos más completos de Grecia.

El tholos de Atenea, el estadio (que es el mejor conservado en su género), el tesoro de los atenienses y la fuente Castalia fueron restaurados. De nuevo, cientos de visitantes suben cada día la cuesta sagrada que conduce al templo de Apolo. Pero ninguno logra escuchar ya la voz del dios. Los turistas acuden en busca de fotos, no de respuestas.

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¿Por qué el laurel es el árbol de Apolo?

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Una de esas leyendas griegas tan controversiales relata que la ninfa Daphne (laurel en griego), hija del díos-río Pireo, había jurado no casarse jamás, y que por eso el malvado dios Cupido, clavó una flecha en Apolo, enloqueciéndolo de amor por Daphne.

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Un día, ella huyó a las montañas para escapar del dios Apolo. Ante la persistencia de éste, Dafne pidió ayuda a su padre que la transformó en laurel, como muestra una de las esculturas de Gian Lorenzo Bernini conservada en la Galería Borghese de Roma.

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Apolo desconsolado por perder a su amada, cortó algunas ramas que se colocó en forma de corona y convirtió al laurel en árbol sagrado. Por esta razón la corona de laurel es el símbolo con el que se representa al dios del Olimpo, asociándolo también a ganadores y poetas. En los Juegos Olímpicos celebrados en Atenas el laurel entregado a los vencedores los elevaba a la categoría de dioses.

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